Cuando llegó la hora de subir el libro a Amazon, el sistema rechazó la primera cubierta que tenía diseñada para esta novela y de la que me había enamorado. El motivo, según su propio sistema automatizado: la ilustración, una procesión de figuras femeninas estilizadas en tinta, incumplía sus normas sobre desnudos. No hubo apelación posible ni conversación con una persona al otro lado, solo un correo con una frase hecha y la sugerencia de volver a empezar con una cubierta nueva.
La primera reacción, lo confieso, fue de mosqueo importante acompañado de improperios irreproducibles. Había que rehacer meses de trabajo, recalcular el lomo, volver a dar de alta el libro entero en su sistema. Pero según bajaba la intensidad, o el catálogo, de los improperios, la cosa empezó a interesarme por una razón distinta, y ahí es donde quiero detenerme.
«Las dueñas de Zamora» cuenta la historia de diecinueve religiosas excomulgadas y expulsadas de su convento en 1279, en un conflicto que la lectura fácil despacharía como escándalo sexual y que en realidad es otra cosa: una disputa jurisdiccional sobre quién tiene autoridad para decidir qué puede hacer una mujer con su propio cuerpo dentro de un espacio que se suponía suyo. El obispo Suero Pérez no expulsó a esas mujeres por lo que hicieron, las expulsó por negarse a reconocer que él tenía la última palabra sobre ellas.
Setecientos cuarenta y siete años después, un sistema de moderación de contenidos ha decidido, sin que medie ninguna persona en el proceso, qué versión del cuerpo femenino resulta comercialmente aceptable mostrar en la cubierta de un libro que trata precisamente sobre eso. No estoy sugiriendo que Amazon sea el obispo de Zamora reencarnado, la comparación se rompería en cuanto se estirase demasiado, y tampoco es una plataforma comercial aplicando sus normas de contenido con el criterio conservador que le corresponde a cualquier gran superficie. Pero el paralelismo estructural, quién decide qué cuerpo puede representarse y en qué términos, y cómo esa decisión se toma casi siempre en un lugar donde no hay margen para discutirla, es demasiado preciso, y tentador, como para no tirar del hilo.
Foucault hablaba de esto como disciplina difusa, poder que ya no necesita un obispo con nombre y apellidos, le basta con un protocolo. Goya pintó dos majas casi idénticas, una vestida y otra desnuda, y a la desnuda le costó un proceso inquisitorial que la vestida jamás sufrió. La diferencia entre ambas no estaba en la calidad de la pintura, estaba en quién decidía qué se podía mirar. El mecanismo cambia de siglo en siglo, de obispo a inquisidor a algoritmo, pero la pregunta de fondo, quién tiene la autoridad para trazar esa línea, es sorprendentemente estable.
La cubierta nueva, al final, no sé si es mejor que la anterior. Un retrato al óleo, con el gesto contemplativo de la pintura flamenca del XV, manos entrelazadas en oración, la toca cubriendo el cabello por completo. La he cogido cariño también, es cierto.
Queda la anécdota, que no pienso guardarme: setecientos años después de que un hombre decidiera qué podían hacer estas mujeres con sus cuerpos, hizo falta que una máquina volviera a intentarlo, para que yo entendiera mejor de qué estaba escribiendo.
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«Las dueñas de Zamora. La escribana virgen» se publica el 15 de septiembre de 2026 en Pantaleón Ediciones.
