Cuando en 2024 estalló el conflicto entre las monjas clarisas del monasterio de Belorado y su obispo, buena parte de la prensa lo trató como una anomalía, algo entre lo pintoresco y lo escandaloso: monjas que desafían a la jerarquía, un obispo que no consigue hacerse obedecer, acusaciones cruzadas de sectarismo y de intereses inmobiliarios. Lo que casi nadie recordó es que el guion ya se había representado, con los mismos papeles, setecientos cuarenta y cinco años antes, en Zamora.
En 1279 un tribunal episcopal interrogó, una a una, a las treinta y tres religiosas del convento de Santa María la Real de las Dueñas. El obispo Suero Pérez quería saber si se cumplía la clausura, si se respetaba el silencio, si la priora contaba con la obediencia de la comunidad. Detrás de esas preguntas había algo más antiguo que cualquier escándalo concreto: quién manda dentro de un convento cuando el convento tiene recursos propios, apoyos externos y una autonomía que incomoda a la autoridad que en teoría debería gobernarlo.

Ese es el asunto de fondo, y es el mismo que reaparece en Belorado. No es un problema de disciplina religiosa mal llevada. Es un problema jurisdiccional: quién decide, quién administra, quién tiene la última palabra sobre un espacio que las mujeres que lo habitan consideran suyo y que la jerarquía eclesiástica considera propio por derecho de gobierno. La clausura, pensada como forma de control, resultó ser también un lugar desde el que negociar cierta independencia, y esa tensión no ha cambiado gran cosa en siete siglos.
Las dueñas de Zamora nace de ese expediente de 1279, con Teresa Álvarez como escribana ficticia que traduce al castellano lo que las religiosas declaran en un latín que ya casi nadie habla dentro del convento salvo los escribanos. La novela no busca el paralelismo con Belorado como reclamo, pero está ahí, disponible para quien quiera mirarlo: la historia de un poder que necesita siglos para aprender que ciertas comunidades no se gobiernan solo con excomuniones.

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