Categoría: Notas históricas

  • Nadie se baña dos veces en el Duero

    Nadie se baña dos veces en el Duero

    En la novela hay un personaje que no dice una palabra y aparece en casi todas las páginas. Teresa Álvarez llega a Zamora siguiéndolo: seis leguas desde Toro, con su padre delante y el río a la derecha. Lo oye cada noche desde el dormitorio de las novicias. Lo ve helarse un invierno, crecer en febrero y bajar flaco en verano, enseñando guijarros que nunca había visto. Y lo mira desde una ventana durante sesenta y seis años.

    El nombre viene de muy atrás. Los romanos lo llamaron Durius, y antes que ellos alguien lo nombró con una raíz, dur-, de la que nadie sabe ya qué significaba. Nace en los Picos de Urbión, en Soria, y corre casi novecientos kilómetros hasta el Atlántico. Por el camino cambia de lengua y pasa a llamarse Douro. Desemboca en Oporto, el Portus Cale que acabaría dando nombre a todo un país. Río abajo, hacia Portugal, es también adonde los rumores mandan a alguna de las expulsadas.

    Durante siglos fue frontera. En el siglo IX los reyes de Asturias lo convirtieron en línea, y Zamora se levantó sobre su peña para vigilarlo. Cuando llegan las dueñas, el Duero ya no separa reinos, pero sigue separando cosas: arriba, la catedral del obispo; abajo, el arrabal donde vivían ellas. Lo contamos en «Al otro lado del puente».

    A Heráclito se le atribuye la idea de que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque ni el agua ni quien se mete en ella son ya los mismos. El Duero que hoy pasa bajo el Puente de Piedra no es el de 1279, y el convento tampoco: cambió de casa más de una vez, empujado por las crecidas. A una novela histórica le pasa lo mismo, porque quiere meterse en un agua que ya pasó. Lo único que puede hacer es mirar la corriente y suponer.

    Los poetas lo han mirado mucho. Machado lo vio trazar «su curva de ballesta» en torno a Soria. Gerardo Diego le preguntó por qué nadie bajaba a acompañarlo. Manrique escribió que nuestras vidas son los ríos, y ya hablamos de él aquí. Teresa, que no leyó a ninguno, llega a otra conclusión después de verlo subir y bajar toda la vida: «los ríos no se apiadan ni castigan». Las crecidas no limpian pecados ni los castigan, solo los sacan a la luz. En la novela el Duero se lleva más de lo que devuelve. No diré qué.

    Ella lo resume en una línea que me habría gustado escribir a mí, aunque técnicamente lo hice: «hay cosas que el agua no lava. Solo las remueve».


    Las dueñas de Zamora. La escribana virgen ya está a la venta en Pantaleón Ediciones.

  • Por quién no doblan las campanas

    Por quién no doblan las campanas

    Durante siglos, la noche de Todos los Santos las campanas de Castilla tocaron a difuntos. Doblaban por los muertos de la parroquia, por las ánimas, por los que ya no tenían quien rezara por ellos. Era un sonido público: cuando una campana doblaba, la ciudad entera sabía que alguien faltaba y, casi siempre, quién. En los pueblos de Zamora todavía se recuerda el doble de ánimas que duraba la noche entera, y el lenguaje con que las campanas anunciaban cada muerte: en muchos sitios, dos señales para una mujer y tres para un hombre.

    Pero el toque tenía condiciones. La campana doblaba por quien moría en paz con la Iglesia. Para el excomulgado no había toque, ni misa, ni tierra sagrada: la excomunión no terminaba con la muerte, se prolongaba en el silencio. Un siglo antes de nuestra historia, Hildegarda de Bingen enterró en el cementerio de su convento a un joven excomulgado, y sus monjas se quedaron un año sin poder cantar. Lo contamos en «Diecinueve».

    En 1279, el obispo Suero Pérez excomulgó a las dueñas de Santa María la Real y expulsó a diecinueve de ellas. Los papeles del pleito lo cuentan casi todo: las acusaciones, las apelaciones, las sentencias. Del final de cada una no dicen nada. No sabemos dónde murieron, ni cuándo, ni si alguna campana dio por ellas las dos señales que tocaban a una mujer.

    Teresa Álvarez, la escribana que cuenta la novela, sí oyó campanas. Desde dentro de un convento se oye todo lo que pasa en la ciudad: los toques de horas, los de fuego, los de muerto. En esta historia hay muertes que tuvieron campana de muros adentro y silencio de muros afuera, y alguna que no tuvo ni eso. No diré cuáles.

    Jorge Manrique lo dejó escrito dos siglos después: nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. El Duero pasa bajo el puente de Zamora camino de Portugal y del mar. No todas las vidas llegan.

    Este fin de semana se llevan flores a quien tiene lápida. Estas líneas van por las que no tuvieron ni campana.


    Ilustración: «Los cuadernos de Teresa Álvarez», en Las dueñas de Zamora.

  • Diecinueve

    Diecinueve

    En 1279 el obispo Suero Pérez excomulgó y expulsó de su convento a diecinueve dueñas de Santa María la Real. De ellas no conservamos una sola línea escrita de su mano. Quedan actas, sentencias, apelaciones y la versión del obispo; lo que dijeron, si llegó a algún papel, lo puso por escrito otro.

    De ahí el nombre de esta lista: «Diecinueve». Una pista por cada mujer que salió aquel año por la puerta del convento, la mitad con música que pudo sonar en su tiempo y la otra mitad con voces de hoy que siguen dándole vueltas a las mismas preguntas: quién habla, quién escribe lo que otros dicen y qué hace una institución con las mujeres que se organizan por su cuenta.

    Lo que sonaba en el reino

    El año del juicio cae en pleno reinado de Alfonso X, el rey que dedicó a Santa María más de cuatrocientas cantigas. La lista se abre con la primera de ellas, aquella en la que anuncia que a partir de ese día quiere trovar. Teresa Álvarez, la escribana que cuenta la novela, también decide un día ponerse a escribir lo que vio, aunque tarde más de sesenta años en hacerlo.

    Del mismo siglo son las cantigas de amigo de Martín Codax, un juglar gallego cuyas canciones, con su música, aparecieron en 1914 en un pergamino reaprovechado en la encuadernación de una copia manuscrita del tratado de Cicerón sobre los deberes. Codax escribe con voz de mujer: una muchacha que espera junto al mar de Vigo, otra que invita a su hermana a ir juntas a la iglesia. Un hombre prestando su escritura a la voz de una mujer. La novela se hace la misma pregunta desde dentro: Teresa escribe lo que dijeron otras.

    Conviene precisar de dónde sale cada sonido. En la Zamora de 1279 se hablaba leonés, y nadie en Santa María la Real hablaba galaicoportugués. Pero era la lengua de la lírica en toda la corte castellanoleonesa, la que el propio rey eligió para sus cantigas, y Zamora está a un paso de la raya: Fermoselle, donde Suero Pérez moriría desterrado, hace frontera con Portugal. Las cantigas son el paisaje sonoro del reino; lo que se cantaba dentro del convento aparece más abajo.

    Entre las piezas de época hay también una canción sefardí, en la voz de Montserrat Figueras. Zamora tenía judería en 1279, y también acabaría expulsada.

    Dos conventos que mandaban

    El hallazgo más cercano está en Burgos. El Códice de Las Huelgas es un cancionero copiado hacia 1300 para las cistercienses de Santa María la Real de Las Huelgas. Mismo nombre que el convento zamorano y destino opuesto: la abadesa de Las Huelgas ejercía una jurisdicción que en la práctica rivalizaba con la de un obispo. En Burgos las dueñas mandaban; en Zamora, intentarlo acabó en excomunión. De toda la lista, es lo más parecido a lo que cantaban las diecinueve: canto litúrgico en latín, copiado para monjas. Del códice suenan dos piezas: un llanto por Castilla y un canto sobre el Juicio Final, «Oye, mar; oye, tierra». En una novela que gira alrededor de un juicio, cuesta encontrar mejor penúltima canción.

    Un siglo antes, Hildegarda de Bingen, abadesa, compositora y corresponsal incómoda de papas y emperadores, enterró en el cementerio de su convento a un joven que había muerto excomulgado. En 1178 los prelados de Maguncia respondieron con el entredicho: sus monjas tuvieron prohibido cantar hasta que se levantó el castigo, al año siguiente. El arma de Suero Pérez ya tenía historia. Por eso Hildegarda aparece dos veces y la lista termina con ella: la última palabra es de una mujer a la que intentaron dejar sin música.

    Lo que guardó la tierra

    De lo que se cantaba en romance leonés o castellano en el siglo XIII no queda casi nada con música. La poesía culta se escribía en galaicoportugués y la liturgia en latín; lo demás se cantaba sin papel y se perdió o se fue transmitiendo de boca en boca. Lo que Zamora conservó llegó por ese camino, y a la lista entra por dos puertas.

    La primera es «Doña Argela», un romance que Joaquín Díaz recogió en Sanabria y grabó en 1981. El romance nace a finales de la Edad Media y en las comarcas zamoranas sobrevivió hasta que alguien vino a escucharlo con una grabadora. La segunda es «Arribes», de La Musgaña: música de los Arribes del Duero, la tierra de Fermoselle, donde Suero Pérez acabó sus días desterrado siete años después del juicio.

    Cuesta encontrar ese repertorio en voz de mujer, aunque fueron sobre todo ellas quienes lo cantaron. También aquí lo que dijeron lo recogió y lo firmó otro.

    Lo que sigue sonando

    La otra mitad de la lista es de ahora, y casi toda en voz de mujer. Tanxugueiras recoge la lengua de Codax siete siglos después, desde la tradición de las pandereteiras, un repertorio que las mujeres se transmitieron entre ellas sin pasar por ninguna institución. Rosalía canta a san Juan de la Cruz, que escribió aquellos versos tras ser encarcelado por su propia orden: otro religioso perseguido desde dentro de su Iglesia. Lisa Gerrard canta sin palabras, que es como suenan quienes no dejaron documentos.

    Hay más correspondencias, algunas evidentes y otras para quien quiera buscarlas. La «Passacaglia» de Caroline Shaw está hecha con las instrucciones que Sol LeWitt escribía para que otros pintaran sus murales, escritura por encargo en estado puro. El órgano de Anna von Hausswolff suena a lo que suena una institución cuando se enfada. Y «Vestida de nit», de Silvia Pérez Cruz, describe la cubierta del libro mejor que cualquier nota de prensa.

    Conviene escucharla en orden, porque época y presente se van alternando y la gracia está en el contraste. En aleatorio se pierde. La lista está abierta en Spotify: Diecinueve. Banda sonora de Las dueñas de Zamora.

  • Las endemoniadas no firmaban

    Las endemoniadas no firmaban

    Vuelve a los cines Los demonios, de Ken Russell, cincuenta y cinco años después y por fin entera. La escena que la Warner amputó en 1971, la de las ursulinas de Loudun asaltando un Cristo crucificado de tamaño colosal, pasó décadas en una lata hasta que Mark Kermode la rescató para un documental. Ahora vuelve a su sitio, y la noticia viaja con el titular que cabía esperar.

    Conviene mirar un poco más allá del titular, porque la película cuenta algo bastante más incómodo que una blasfemia. Russell, siguiendo a Aldous Huxley, filma un procedimiento. En 1632 el cardenal Richelieu quiere desmantelar las fortificaciones de Loudun y el párroco Urbain Grandier se interpone. Grandier es vanidoso, mujeriego y colecciona enemigos con aplicación; lo que le pierde, sin embargo, es haberse puesto en medio de una decisión política. La acusación llega por el flanco más rentable: las monjas del convento dicen estar poseídas y señalan a Grandier como el brujo que las ha entregado al demonio. Hay exorcismos públicos, con espectadores que viajan desde lejos para asistir, y en agosto de 1634 Grandier arde en la hoguera.

    Lo sexual ocupa el escenario; el asunto se decide entre bastidores. El escándalo sirve de munición.

    Tres siglos y medio antes, en Zamora, el obispo Suero Pérez libraba su propia guerra por la jurisdicción de la ciudad. Contra el concejo, contra quien le discutiera la autoridad y, en 1279, contra las dueñas de Santa María la Real, a las que excomulgó y expulsó de su convento. El expediente que se armó contra ellas está lleno de pecados, y los pecados son lo que suele recordarse. Pero ese mismo año Suero obtenía ante el infante Sancho una sentencia que impedía al concejo oponerse a sus penas eclesiásticas. La excomunión era su herramienta ordinaria, y la usaba en varios frentes a la vez. Las dueñas fueron uno de ellos.

    Hay un segundo parecido, menos vistoso. Casi todo lo que sabemos de las endemoniadas de Loudun lo pusieron por escrito los exorcistas y los notarios que trabajaban para la causa: las monjas hablan por boca de sus demonios y por la pluma de hombres que necesitaban esos demonios. Con las dueñas pasa algo parecido. Sus voces nos llegan en actas que redactaron otros, por encargo de una de las partes. Esa es la pregunta que me llevó a escribir Las dueñas de Zamora: qué queda de una historia cuando la única voz que la cuenta es la de quien escribía por encargo.

    Una coda menor. La primera portada de esta novela, una procesión de mujeres desnudas, no superó la revisión automática de Amazon. Los censores cambian de hábito; el oficio se conserva.

    De Loudun nos queda una película desmesurada, una ópera de Penderecki y un ensayo de Huxley. De las diecinueve dueñas expulsadas de Zamora quedaron unos folios en un archivo. Ellas no tuvieron a Russell. Tuvieron notarios.


    Los demonios (Ken Russell, 1971). Aldous Huxley, Los demonios de Loudun (1952). Peter Linehan, Las dueñas de Zamora. Imagen de cabecera: fotograma de Los demonios.

  • Al otro lado del puente

    Al otro lado del puente

    El pasado fin de semana, con el libro todavía oliendo a tinta, volví a Zamora sin más propósito que perderme por sus calles, sentir, mirar, y descubrí que la ciudad de la novela se entiende mejor desde el río y al atardecer. Arriba, sobre la peña, está la catedral, sede del obispo Suero Pérez durante el último tercio del siglo XIII y origen de las excomuniones. Abajo corre el Duero, ancho y lento, con ese aire de no haber hecho daño a nadie.

    Zamora sobre la peña al atardecer, vista desde el Puente de Piedra, con el Duero en primer plano.

    Las Dueñas no vivían arriba. En 1279 su convento estaba en la orilla izquierda, en el arrabal de San Frontis. La distancia entre el obispo y las monjas que no quisieron obedecerle era, literalmente, un puente.

    Hoy el Puente de Piedra se cruza de noche entre luces bajas, a ras del pretil, y la comunidad dominica sigue en esa misma orilla. El edificio ya no es el de entonces: el convento cambió de casa más de una vez, empujado, entre otras cosas, por las crecidas del río. Lo que queda de 1279 es poco y está a la vista: la catedral, el agua y la orilla.

    Calzada empedrada del Puente de Piedra de Zamora al anochecer, con luces bajas a ras del pretil.

    Nuestra escribana dice que nunca salió de aquellos muros. Las diecinueve que fueron expulsadas sí salieron, y Teresa Álvarez cuenta que cruzaron este mismo río desnudas, humilladas, camino de una ciudad que las miraba. Al anochecer crucé el puente en esa dirección, con la catedral de frente, y vi lo que ellas vieron: la peña, las torres, el agua debajo. Lo que sintieron no se ve desde ningún puente. Solo puedo intentar imaginarlo, que es, al fin y al cabo, lo que hace una novela.

    El Duero desde el Puente de Piedra al atardecer, con el pretil a la izquierda.
  • La cubierta que el algoritmo no quiso que vieras

    La cubierta que el algoritmo no quiso que vieras

    Cuando llegó la hora de subir el libro a Amazon, el sistema rechazó la primera cubierta que tenía diseñada para esta novela y de la que me había enamorado. El motivo, según su propio sistema automatizado: la ilustración, una procesión de figuras femeninas estilizadas en tinta, incumplía sus normas sobre desnudos. No hubo apelación posible ni conversación con una persona al otro lado, solo un correo con una frase hecha y la sugerencia de volver a empezar con una cubierta nueva.

    La primera reacción, lo confieso, fue de mosqueo importante acompañado de improperios irreproducibles. Había que rehacer meses de trabajo, recalcular el lomo, volver a dar de alta el libro entero en su sistema. Pero según bajaba la intensidad, o el catálogo, de los improperios, la cosa empezó a interesarme por una razón distinta, y ahí es donde quiero detenerme.

    «Las dueñas de Zamora» cuenta la historia de diecinueve religiosas excomulgadas y expulsadas de su convento en 1279, en un conflicto que la lectura fácil despacharía como escándalo sexual y que en realidad es otra cosa: una disputa jurisdiccional sobre quién tiene autoridad para decidir qué puede hacer una mujer con su propio cuerpo dentro de un espacio que se suponía suyo. El obispo Suero Pérez no expulsó a esas mujeres por lo que hicieron, las expulsó por negarse a reconocer que él tenía la última palabra sobre ellas.

    Setecientos cuarenta y siete años después, un sistema de moderación de contenidos ha decidido, sin que medie ninguna persona en el proceso, qué versión del cuerpo femenino resulta comercialmente aceptable mostrar en la cubierta de un libro que trata precisamente sobre eso. No estoy sugiriendo que Amazon sea el obispo de Zamora reencarnado, la comparación se rompería en cuanto se estirase demasiado, y tampoco es una plataforma comercial aplicando sus normas de contenido con el criterio conservador que le corresponde a cualquier gran superficie. Pero el paralelismo estructural, quién decide qué cuerpo puede representarse y en qué términos, y cómo esa decisión se toma casi siempre en un lugar donde no hay margen para discutirla, es demasiado preciso, y tentador, como para no tirar del hilo.

    Foucault hablaba de esto como disciplina difusa, poder que ya no necesita un obispo con nombre y apellidos, le basta con un protocolo. Goya pintó dos majas casi idénticas, una vestida y otra desnuda, y a la desnuda le costó un proceso inquisitorial que la vestida jamás sufrió. La diferencia entre ambas no estaba en la calidad de la pintura, estaba en quién decidía qué se podía mirar. El mecanismo cambia de siglo en siglo, de obispo a inquisidor a algoritmo, pero la pregunta de fondo, quién tiene la autoridad para trazar esa línea, es sorprendentemente estable.

    La cubierta nueva, al final, no sé si es mejor que la anterior. Un retrato al óleo, con el gesto contemplativo de la pintura flamenca del XV, manos entrelazadas en oración, la toca cubriendo el cabello por completo. Le he cogido cariño también, es cierto.

    Queda la anécdota, que no pienso guardarme: setecientos años después de que un hombre decidiera qué podían hacer estas mujeres con sus cuerpos, hizo falta que una máquina volviera a intentarlo, para que yo entendiera mejor de qué estaba escribiendo.

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    Las dueñas de Zamora. La escribana virgen ya está a la venta en Pantaleón Ediciones.

  • Lo de Belorado ya pasó en Zamora, en 1279

    Lo de Belorado ya pasó en Zamora, en 1279

    Cuando en 2024 estalló el conflicto entre las monjas clarisas del monasterio de Belorado y su obispo, buena parte de la prensa lo trató como una anomalía, algo entre lo pintoresco y lo escandaloso: monjas que desafían a la jerarquía, un obispo que no consigue hacerse obedecer, acusaciones cruzadas de sectarismo y de intereses inmobiliarios. Lo que casi nadie recordó es que el guion ya se había representado, con los mismos papeles, setecientos cuarenta y cinco años antes, en Zamora.

    En 1279 un tribunal episcopal interrogó, una a una, a las treinta y tres religiosas del convento de Santa María la Real de las Dueñas. El obispo Suero Pérez quería saber si se cumplía la clausura, si se respetaba el silencio, si la priora contaba con la obediencia de la comunidad. Detrás de esas preguntas había algo más antiguo que cualquier escándalo concreto: quién manda dentro de un convento cuando el convento tiene recursos propios, apoyos externos y una autonomía que incomoda a la autoridad que en teoría debería gobernarlo.

    Un sello episcopal se estampa sobre un documento con lacre, en referencia al uso de la excomunión como arma jurisdiccional.

    Ese es el asunto de fondo, y es el mismo que reaparece en Belorado. El problema, más que de disciplina religiosa mal llevada, es jurisdiccional: quién decide, quién administra, quién tiene la última palabra sobre un espacio que las mujeres que lo habitan consideran suyo y que la jerarquía eclesiástica considera propio por derecho de gobierno. La clausura, pensada como forma de control, resultó ser también un lugar desde el que negociar cierta independencia, y esa tensión no ha cambiado gran cosa en siete siglos.

    Las dueñas de Zamora nace de ese expediente de 1279, con Teresa Álvarez como escribana ficticia que traduce al castellano lo que las religiosas declaran en un latín que ya casi nadie habla dentro del convento salvo los escribanos. La novela no busca el paralelismo con Belorado como reclamo, pero está ahí, disponible para quien quiera mirarlo: la historia de un poder que necesita siglos para aprender que ciertas comunidades no se gobiernan solo con excomuniones.