Al otro lado del puente

Torre románica y cimborrio de la catedral de Zamora tras la verja, contra un cielo azul.

El pasado fin de semana, con el libro todavía oliendo a tinta, volví a Zamora sin más propósito que perderme por sus calles, sentir, mirar, y descubrí que la ciudad de la novela se entiende mejor desde el río y al atardecer. Arriba, sobre la peña, está la catedral, sede del obispo Suero Pérez durante el último tercio del siglo XIII y origen de las excomuniones. Abajo corre el Duero, ancho y lento, con ese aire de no haber hecho daño a nadie.

Zamora sobre la peña al atardecer, vista desde el Puente de Piedra, con el Duero en primer plano.

Las Dueñas no vivían arriba. En 1279 su convento estaba en la orilla izquierda, en el arrabal de San Frontis. La distancia entre el obispo y las monjas que no quisieron obedecerle era, literalmente, un puente.

Hoy el Puente de Piedra se cruza de noche entre luces bajas, a ras del pretil, y la comunidad dominica sigue en esa misma orilla. El edificio ya no es el de entonces: el convento cambió de casa más de una vez, empujado, entre otras cosas, por las crecidas del río. Lo que queda de 1279 es poco y está a la vista: la catedral, el agua y la orilla.

Calzada empedrada del Puente de Piedra de Zamora al anochecer, con luces bajas a ras del pretil.

Nuestra escribana dice que nunca salió de aquellos muros. Las diecinueve que fueron expulsadas sí salieron, y Teresa Álvarez cuenta que cruzaron este mismo río desnudas, humilladas, camino de una ciudad que las miraba. Al anochecer crucé el puente en esa dirección, con la catedral de frente, y vi lo que ellas vieron: la peña, las torres, el agua debajo. Lo que sintieron no se ve desde ningún puente. Solo puedo intentar imaginarlo, que es, al fin y al cabo, lo que hace una novela.

El Duero desde el Puente de Piedra al atardecer, con el pretil a la izquierda.

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