Diecinueve

«Diecinueve», banda sonora de «Las dueñas de Zamora», junto a la cubierta del libro: retrato al óleo de una monja con toca blanca y las manos juntas.

En 1279 el obispo Suero Pérez excomulgó y expulsó de su convento a diecinueve dueñas de Santa María la Real. De ellas no conservamos una sola línea escrita de su mano. Quedan actas, sentencias, apelaciones y la versión del obispo; lo que dijeron, si llegó a algún papel, lo puso por escrito otro.

De ahí el nombre de esta lista: «Diecinueve». Una pista por cada mujer que salió aquel año por la puerta del convento, la mitad con música que pudo sonar en su tiempo y la otra mitad con voces de hoy que siguen dándole vueltas a las mismas preguntas: quién habla, quién escribe lo que otros dicen y qué hace una institución con las mujeres que se organizan por su cuenta.

Lo que sonaba en el reino

El año del juicio cae en pleno reinado de Alfonso X, el rey que dedicó a Santa María más de cuatrocientas cantigas. La lista se abre con la primera de ellas, aquella en la que anuncia que a partir de ese día quiere trovar. Teresa Álvarez, la escribana que cuenta la novela, también decide un día ponerse a escribir lo que vio, aunque tarde más de sesenta años en hacerlo.

Del mismo siglo son las cantigas de amigo de Martín Codax, un juglar gallego cuyas canciones, con su música, aparecieron en 1914 en un pergamino reaprovechado en la encuadernación de una copia manuscrita del tratado de Cicerón sobre los deberes. Codax escribe con voz de mujer: una muchacha que espera junto al mar de Vigo, otra que invita a su hermana a ir juntas a la iglesia. Un hombre prestando su escritura a la voz de una mujer. La novela se hace la misma pregunta desde dentro: Teresa escribe lo que dijeron otras.

Conviene precisar de dónde sale cada sonido. En la Zamora de 1279 se hablaba leonés, y nadie en Santa María la Real hablaba galaicoportugués. Pero era la lengua de la lírica en toda la corte castellanoleonesa, la que el propio rey eligió para sus cantigas, y Zamora está a un paso de la raya: Fermoselle, donde Suero Pérez moriría desterrado, hace frontera con Portugal. Las cantigas son el paisaje sonoro del reino; lo que se cantaba dentro del convento aparece más abajo.

Entre las piezas de época hay también una canción sefardí, en la voz de Montserrat Figueras. Zamora tenía judería en 1279, y también acabaría expulsada.

Dos conventos que mandaban

El hallazgo más cercano está en Burgos. El Códice de Las Huelgas es un cancionero copiado hacia 1300 para las cistercienses de Santa María la Real de Las Huelgas. Mismo nombre que el convento zamorano y destino opuesto: la abadesa de Las Huelgas ejercía una jurisdicción que en la práctica rivalizaba con la de un obispo. En Burgos las dueñas mandaban; en Zamora, intentarlo acabó en excomunión. De toda la lista, es lo más parecido a lo que cantaban las diecinueve: canto litúrgico en latín, copiado para monjas. Del códice suenan dos piezas: un llanto por Castilla y un canto sobre el Juicio Final, «Oye, mar; oye, tierra». En una novela que gira alrededor de un juicio, cuesta encontrar mejor penúltima canción.

Un siglo antes, Hildegarda de Bingen, abadesa, compositora y corresponsal incómoda de papas y emperadores, enterró en el cementerio de su convento a un joven que había muerto excomulgado. En 1178 los prelados de Maguncia respondieron con el entredicho: sus monjas tuvieron prohibido cantar hasta que se levantó el castigo, al año siguiente. El arma de Suero Pérez ya tenía historia. Por eso Hildegarda aparece dos veces y la lista termina con ella: la última palabra es de una mujer a la que intentaron dejar sin música.

Lo que guardó la tierra

De lo que se cantaba en romance leonés o castellano en el siglo XIII no queda casi nada con música. La poesía culta se escribía en galaicoportugués y la liturgia en latín; lo demás se cantaba sin papel y se perdió o se fue transmitiendo de boca en boca. Lo que Zamora conservó llegó por ese camino, y a la lista entra por dos puertas.

La primera es «Doña Argela», un romance que Joaquín Díaz recogió en Sanabria y grabó en 1981. El romance nace a finales de la Edad Media y en las comarcas zamoranas sobrevivió hasta que alguien vino a escucharlo con una grabadora. La segunda es «Arribes», de La Musgaña: música de los Arribes del Duero, la tierra de Fermoselle, donde Suero Pérez acabó sus días desterrado siete años después del juicio.

Cuesta encontrar ese repertorio en voz de mujer, aunque fueron sobre todo ellas quienes lo cantaron. También aquí lo que dijeron lo recogió y lo firmó otro.

Lo que sigue sonando

La otra mitad de la lista es de ahora, y casi toda en voz de mujer. Tanxugueiras recoge la lengua de Codax siete siglos después, desde la tradición de las pandereteiras, un repertorio que las mujeres se transmitieron entre ellas sin pasar por ninguna institución. Rosalía canta a san Juan de la Cruz, que escribió aquellos versos tras ser encarcelado por su propia orden: otro religioso perseguido desde dentro de su Iglesia. Lisa Gerrard canta sin palabras, que es como suenan quienes no dejaron documentos.

Hay más correspondencias, algunas evidentes y otras para quien quiera buscarlas. La «Passacaglia» de Caroline Shaw está hecha con las instrucciones que Sol LeWitt escribía para que otros pintaran sus murales, escritura por encargo en estado puro. El órgano de Anna von Hausswolff suena a lo que suena una institución cuando se enfada. Y «Vestida de nit», de Silvia Pérez Cruz, describe la cubierta del libro mejor que cualquier nota de prensa.

Conviene escucharla en orden, porque época y presente se van alternando y la gracia está en el contraste. En aleatorio se pierde. La lista está abierta en Spotify: Diecinueve. Banda sonora de Las dueñas de Zamora.