Las endemoniadas no firmaban

Fotograma de Los demonios, de Ken Russell (1971): una monja arrodillada ante el altar, bajo un gran crucifijo, rodeada por el resto de la comunidad.

Vuelve a los cines Los demonios, de Ken Russell, cincuenta y cinco años después y por fin entera. La escena que la Warner amputó en 1971, la de las ursulinas de Loudun asaltando un Cristo crucificado de tamaño colosal, pasó décadas en una lata hasta que Mark Kermode la rescató para un documental. Ahora vuelve a su sitio, y la noticia viaja con el titular que cabía esperar.

Conviene mirar un poco más allá del titular, porque la película cuenta algo bastante más incómodo que una blasfemia. Russell, siguiendo a Aldous Huxley, filma un procedimiento. En 1632 el cardenal Richelieu quiere desmantelar las fortificaciones de Loudun y el párroco Urbain Grandier se interpone. Grandier es vanidoso, mujeriego y colecciona enemigos con aplicación; lo que le pierde, sin embargo, es haberse puesto en medio de una decisión política. La acusación llega por el flanco más rentable: las monjas del convento dicen estar poseídas y señalan a Grandier como el brujo que las ha entregado al demonio. Hay exorcismos públicos, con espectadores que viajan desde lejos para asistir, y en agosto de 1634 Grandier arde en la hoguera.

Lo sexual ocupa el escenario; el asunto se decide entre bastidores. El escándalo sirve de munición.

Tres siglos y medio antes, en Zamora, el obispo Suero Pérez libraba su propia guerra por la jurisdicción de la ciudad. Contra el concejo, contra quien le discutiera la autoridad y, en 1279, contra las dueñas de Santa María la Real, a las que excomulgó y expulsó de su convento. El expediente que se armó contra ellas está lleno de pecados, y los pecados son lo que suele recordarse. Pero ese mismo año Suero obtenía ante el infante Sancho una sentencia que impedía al concejo oponerse a sus penas eclesiásticas. La excomunión era su herramienta ordinaria, y la usaba en varios frentes a la vez. Las dueñas fueron uno de ellos.

Hay un segundo parecido, menos vistoso. Casi todo lo que sabemos de las endemoniadas de Loudun lo pusieron por escrito los exorcistas y los notarios que trabajaban para la causa: las monjas hablan por boca de sus demonios y por la pluma de hombres que necesitaban esos demonios. Con las dueñas pasa algo parecido. Sus voces nos llegan en actas que redactaron otros, por encargo de una de las partes. Esa es la pregunta que me llevó a escribir Las dueñas de Zamora: qué queda de una historia cuando la única voz que la cuenta es la de quien escribía por encargo.

Una coda menor. La primera portada de esta novela, una procesión de mujeres desnudas, no superó la revisión automática de Amazon. Los censores cambian de hábito; el oficio se conserva.

De Loudun nos queda una película desmesurada, una ópera de Penderecki y un ensayo de Huxley. De las diecinueve dueñas expulsadas de Zamora quedaron unos folios en un archivo. Ellas no tuvieron a Russell. Tuvieron notarios.


Los demonios (Ken Russell, 1971). Aldous Huxley, Los demonios de Loudun (1952). Peter Linehan, Las dueñas de Zamora. Imagen de cabecera: fotograma de Los demonios.

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