Etiqueta: jurisdicción eclesiástica

  • Por quién no doblan las campanas

    Por quién no doblan las campanas

    Durante siglos, la noche de Todos los Santos las campanas de Castilla tocaron a difuntos. Doblaban por los muertos de la parroquia, por las ánimas, por los que ya no tenían quien rezara por ellos. Era un sonido público: cuando una campana doblaba, la ciudad entera sabía que alguien faltaba y, casi siempre, quién. En los pueblos de Zamora todavía se recuerda el doble de ánimas que duraba la noche entera, y el lenguaje con que las campanas anunciaban cada muerte: en muchos sitios, dos señales para una mujer y tres para un hombre.

    Pero el toque tenía condiciones. La campana doblaba por quien moría en paz con la Iglesia. Para el excomulgado no había toque, ni misa, ni tierra sagrada: la excomunión no terminaba con la muerte, se prolongaba en el silencio. Un siglo antes de nuestra historia, Hildegarda de Bingen enterró en el cementerio de su convento a un joven excomulgado, y sus monjas se quedaron un año sin poder cantar. Lo contamos en «Diecinueve».

    En 1279, el obispo Suero Pérez excomulgó a las dueñas de Santa María la Real y expulsó a diecinueve de ellas. Los papeles del pleito lo cuentan casi todo: las acusaciones, las apelaciones, las sentencias. Del final de cada una no dicen nada. No sabemos dónde murieron, ni cuándo, ni si alguna campana dio por ellas las dos señales que tocaban a una mujer.

    Teresa Álvarez, la escribana que cuenta la novela, sí oyó campanas. Desde dentro de un convento se oye todo lo que pasa en la ciudad: los toques de horas, los de fuego, los de muerto. En esta historia hay muertes que tuvieron campana de muros adentro y silencio de muros afuera, y alguna que no tuvo ni eso. No diré cuáles.

    Jorge Manrique lo dejó escrito dos siglos después: nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir. El Duero pasa bajo el puente de Zamora camino de Portugal y del mar. No todas las vidas llegan.

    Este fin de semana se llevan flores a quien tiene lápida. Estas líneas van por las que no tuvieron ni campana.


    Ilustración: «Los cuadernos de Teresa Álvarez», en Las dueñas de Zamora.

  • Las endemoniadas no firmaban

    Las endemoniadas no firmaban

    Vuelve a los cines Los demonios, de Ken Russell, cincuenta y cinco años después y por fin entera. La escena que la Warner amputó en 1971, la de las ursulinas de Loudun asaltando un Cristo crucificado de tamaño colosal, pasó décadas en una lata hasta que Mark Kermode la rescató para un documental. Ahora vuelve a su sitio, y la noticia viaja con el titular que cabía esperar.

    Conviene mirar un poco más allá del titular, porque la película cuenta algo bastante más incómodo que una blasfemia. Russell, siguiendo a Aldous Huxley, filma un procedimiento. En 1632 el cardenal Richelieu quiere desmantelar las fortificaciones de Loudun y el párroco Urbain Grandier se interpone. Grandier es vanidoso, mujeriego y colecciona enemigos con aplicación; lo que le pierde, sin embargo, es haberse puesto en medio de una decisión política. La acusación llega por el flanco más rentable: las monjas del convento dicen estar poseídas y señalan a Grandier como el brujo que las ha entregado al demonio. Hay exorcismos públicos, con espectadores que viajan desde lejos para asistir, y en agosto de 1634 Grandier arde en la hoguera.

    Lo sexual ocupa el escenario; el asunto se decide entre bastidores. El escándalo sirve de munición.

    Tres siglos y medio antes, en Zamora, el obispo Suero Pérez libraba su propia guerra por la jurisdicción de la ciudad. Contra el concejo, contra quien le discutiera la autoridad y, en 1279, contra las dueñas de Santa María la Real, a las que excomulgó y expulsó de su convento. El expediente que se armó contra ellas está lleno de pecados, y los pecados son lo que suele recordarse. Pero ese mismo año Suero obtenía ante el infante Sancho una sentencia que impedía al concejo oponerse a sus penas eclesiásticas. La excomunión era su herramienta ordinaria, y la usaba en varios frentes a la vez. Las dueñas fueron uno de ellos.

    Hay un segundo parecido, menos vistoso. Casi todo lo que sabemos de las endemoniadas de Loudun lo pusieron por escrito los exorcistas y los notarios que trabajaban para la causa: las monjas hablan por boca de sus demonios y por la pluma de hombres que necesitaban esos demonios. Con las dueñas pasa algo parecido. Sus voces nos llegan en actas que redactaron otros, por encargo de una de las partes. Esa es la pregunta que me llevó a escribir Las dueñas de Zamora: qué queda de una historia cuando la única voz que la cuenta es la de quien escribía por encargo.

    Una coda menor. La primera portada de esta novela, una procesión de mujeres desnudas, no superó la revisión automática de Amazon. Los censores cambian de hábito; el oficio se conserva.

    De Loudun nos queda una película desmesurada, una ópera de Penderecki y un ensayo de Huxley. De las diecinueve dueñas expulsadas de Zamora quedaron unos folios en un archivo. Ellas no tuvieron a Russell. Tuvieron notarios.


    Los demonios (Ken Russell, 1971). Aldous Huxley, Los demonios de Loudun (1952). Peter Linehan, Las dueñas de Zamora. Imagen de cabecera: fotograma de Los demonios.

  • Lo de Belorado ya pasó en Zamora, en 1279

    Lo de Belorado ya pasó en Zamora, en 1279

    Cuando en 2024 estalló el conflicto entre las monjas clarisas del monasterio de Belorado y su obispo, buena parte de la prensa lo trató como una anomalía, algo entre lo pintoresco y lo escandaloso: monjas que desafían a la jerarquía, un obispo que no consigue hacerse obedecer, acusaciones cruzadas de sectarismo y de intereses inmobiliarios. Lo que casi nadie recordó es que el guion ya se había representado, con los mismos papeles, setecientos cuarenta y cinco años antes, en Zamora.

    En 1279 un tribunal episcopal interrogó, una a una, a las treinta y tres religiosas del convento de Santa María la Real de las Dueñas. El obispo Suero Pérez quería saber si se cumplía la clausura, si se respetaba el silencio, si la priora contaba con la obediencia de la comunidad. Detrás de esas preguntas había algo más antiguo que cualquier escándalo concreto: quién manda dentro de un convento cuando el convento tiene recursos propios, apoyos externos y una autonomía que incomoda a la autoridad que en teoría debería gobernarlo.

    Un sello episcopal se estampa sobre un documento con lacre, en referencia al uso de la excomunión como arma jurisdiccional.

    Ese es el asunto de fondo, y es el mismo que reaparece en Belorado. El problema, más que de disciplina religiosa mal llevada, es jurisdiccional: quién decide, quién administra, quién tiene la última palabra sobre un espacio que las mujeres que lo habitan consideran suyo y que la jerarquía eclesiástica considera propio por derecho de gobierno. La clausura, pensada como forma de control, resultó ser también un lugar desde el que negociar cierta independencia, y esa tensión no ha cambiado gran cosa en siete siglos.

    Las dueñas de Zamora nace de ese expediente de 1279, con Teresa Álvarez como escribana ficticia que traduce al castellano lo que las religiosas declaran en un latín que ya casi nadie habla dentro del convento salvo los escribanos. La novela no busca el paralelismo con Belorado como reclamo, pero está ahí, disponible para quien quiera mirarlo: la historia de un poder que necesita siglos para aprender que ciertas comunidades no se gobiernan solo con excomuniones.